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Capítulo I

Rebusco en los confines de mi memoria hasta dar con el primer recuerdo. Creo que yo debía tener un par de años. Mi padre sujeta en su mano un palito, lo mueve sobre un papel y deja un rastro negro que acaba representando una casa con un árbol y una nube. ¿Cómo lo ha hecho? ¿Cómo es que de ese palito salen cosas? Luego ocurre algo que me deja atónita. Mi padre coge una moneda, coloca un papel sobre ella, le da la vuelta al palito, frota con él el trozo de papel y ¡oh, sorpresa!, aparece el grabado de la moneda.

El palito me fascina, me hechiza. Yo quiero tener uno. Sacar cosas de él. Pero en mis torpezuelas manos, el palito solo ejecuta rayas. No me obedece. Por eso le pido a papá que haga más cosas: un perro, un pájaro, una flor… Mientras tanto, no pierdo detalle, toda mi atención está puesta en averiguar cómo lo hace, en aprender a hacerlo sola, pues ya doy muestras de mi carácter independiente y de mi perseverancia.

Descubrir el secreto se convierte en un objetivo irrenunciable. Seguro que hay una forma de conseguir que el dichoso palito me haga caso y tener una estrella. Las estrellas también me seducen. Por la noche me gusta mirar el cielo, contemplar todos esos puntos de luz que brillan, que aparecen solo en la oscuridad. Ojalá pudiera tener una en un papel para admirarla cuando yo quiera. Le pido a papá que me haga una, tiene cinco puntas y no brilla. Si la hago yo, quizá haya suerte.

No logro que el palito haga cosas, pero he averiguado que se llama lapicero. Me parece un buen principio, el comienzo de una gran amistad.

 

Capítulo II

No puedo precisar cuándo empezó mi fascinación por los lápices. Quizás fuera en aquella oficina-despacho que mi madre limpiaba los domingos por la mañana, donde comenzó el idilio.

Yo me sentaba en el sillón del propietario de la fábrica, en una sala que a mí, con tres años, me parecía inmensa, un parque de atracciones. El sillón era giratorio, de madera, con una almohada forrada en el asiento. Los pies no me llegaban al suelo. Me sujetaba al borde de la mesa con los brazos extendidos y me impulsaba para girar hasta que el vértigo se instalaba en mi cabeza. Luego exploraba todos aquellos utensilios que había sobre el cristal que protegía el tablero. Un afilalápices de manivela que devoraba los lapiceros con gula. Papel secante para estilográfica con su soporte de media luna. Una grapadora de cromo brillante que no había manera de utilizar, porque mis pequeñas manos carecían de la fuerza suficiente para bajar el empujador; lo que sí conseguía era cargar las grapas. Una bandeja de baquelita negra con plumas que escribían en rojo, violeta y azul y que tenía prohibidísimo tocar, pues mi madre temía que el plumín de oro quedase hecho trizas si me daba por garrapatear. A escondidas y procurando un trazo suave, desenroscaba el capuchón y acariciaba el papel, o apretaba el cargador de émbolo y la tinta se extendía como sangre fluida, un reguero que me apresuraba a detener con el secante.

En un cubilete había una veintena de lapiceros de grafito con propaganda de la empresa, supongo que los regalaban a los clientes y yo me consideraba con derecho a estrenarlos todos. Mi madre rebuscaba en la papelera de rejilla y, cuando hallaba un papel que aún pudiera utilizarse, me lo ponía en la mesa para que lo rayase. Era lo único que sabía hacer, por el momento. Me atraía irresistiblemente que de aquella punta negra y obediente surgieran curvas, rectas bastante torcidas, garabatos, magia pura. No me cansaba de experimentar. Aunque apretaba tanto que la mina se rompía cada dos por tres y el lápiz acababa engullido por la voraz boca del sacapuntas. Por suerte había más lapiceros.

El vade representaba un mapamundi. «Es el mundo», me aclaró mamá. Para mí el mundo era algo abstracto e inimaginable. En boca de los mayores, expresiones como: irse de este mundo, todo el mundo, tener mucho mundo…, me desorientaban. De repente, el mundo estaba ahí, delante de mis narices, encima de aquella mesa, y era unos trocitos de colorines rodeados de azul. No entendía nada.

Las gomas de borrar lápiz y tinta horadaban el papel. El papel carbón, con su bonito dorso plateado, me manchaba los dedos al sacarlo de la caja. La almohadilla de tinta para sellos, no digamos, costaba varios lavados y frotados quitarla de las uñas. Los clips, las chinchetas encuadernadoras, las gomas elásticas, los tinteros…, todo hacía mis delicias, pero lo que más me entusiasmaba era la máquina de escribir, que tenía su propia mesita con ruedas. Siempre he sentido debilidad por cualquier mecanismo, por verle las tripas a los objetos, y aquella máquina era maravillosa. No recuerdo si era una Hispano-Olivetti o una Hunderwood, casi me inclino más por la primera. Lo que sí me consta es que era negra y tenía una cinta de dos colores. Con la ayuda de la otra mano lograba apretar las teclas y que los tipos se estamparan en el papel. El sonido del carro girando era música; y la palanca de retorno del carro, que iba dura, pero iba; y la barra espaciadora que tamborileaba; y la regla para centrar el papel. Había tantos mecanismos para manipular, y yo no me dejaba ninguno por tocar.

Solo duraba una hora, hasta que mi madre llegaba con la fregona de rodillos y me obligaba a salir de mi cielo particular, pero durante ese tiempo era feliz descubriendo y experimentando. Fue en aquella oficina, en la que se me teñían las manos, donde la tinta, a través de los poros de la piel, llegó a mi sangre, y no ha vuelto a salir.

 

Capítulo III

¡Por fin llegó el día! Fue uno de los más importantes de mi vida. Yo tengo poco más de tres años. Mi madre y yo nos encontramos ante la mesa de la cocina. Estoy de pie, ella sentada detrás de mí. Ante nosotras, un cuaderno pautado abierto espera paciente, sobre sus hojas descansa el objeto mágico: un lapicero nuevecito.

Mamá coloca el lápiz entre mis dedos, coge mi mano y me guía para dibujar mi primera letra: una «a», que no quedó muy ortodoxa porque yo quería escribir sola y ofrecía bastante resistencia. Sí, al final, harta de verme garabatear todos los papeles a mi alcance, mi madre decidió enseñarme a escribir. El salto a grafitear la pared era inminente.

La primera palabra que escribí fue «casa». ¿Cómo era posible que esas letras fueran una casa? ¿Y el dibujo de la casita con sus ventanas y su chimenea humeante? ¿No era también una casa? ¿Dos cosas tan distintas podían ser la misma cosa? No entendía nada. Pero mi sorpresa no acabó aquí. Cuando mi padre volvió del trabajo, corrí a enseñarle el cuaderno. «Has escrito casa», dijo. Hubo un destello que iluminó mi cerebro. Las letras, el dibujo y la imagen que yo tenía en la mente de mi casa eran lo mismo.

A continuación vino la revelación: había muchas maneras distintas de comunicar. Podías escribir, dibujar, decir… El caos se ordenó de inmediato. El paso siguiente era leer, saber qué decían las letras del periódico, los rótulos de las tiendas, los anuncios de la calle, los libros… Y preguntaba, preguntaba qué decía un cartel con un jinete negro sobre un caballo del mismo color: Nitrato de Chile. No sabía que era el nitrato, ni que era Chile, pero conocía el significado de esas letras. La plaza de España reunía una colección de anuncios de neón que me cautivaban con su movimiento y su brillante colorido: Avecrem Gallina Blanca, era de mis favoritos; Longines el mejor reloj, tampoco estaba mal; TV Philips, su significado era una incógnita, pero me resultaba atractivo por su color rojo. Cada vez que pasaba cerca de un anuncio, asociaba las letras con su sonido, sin darme cuenta, había empezado a leer.

 

Capítulo IV

Y llegó el momento de ir al cole por primera vez. Ya leía despacio y se me daba bien escribir. Mamá me había puesto en antecedentes: en la escuela iba a aprender muchas cosas y habría un montón de niñas con las que jugar, así que yo esperaba impaciente e ilusionada el inicio del curso. Tenía preparado todo el equipo: mi cartera con la Familia Telerín estampada en un bolsillo, el estuche con lapicero, goma, una regla cuadradillo con la que no había manera de trazar una línea recta, un sacapuntas y un lápiz bicolor Faber-Castell, la marca me intrigaba, como todas las palabras cuyo significado ignoraba.

También estaba a punto mi uniforme, una horrible bata de cuadritos blancos y rosas con cuello blanco, que mi madre tuvo que ponerme a la fuerza y bajo terribles amenazas, porque yo quería llevar mi ropa y no ir vestida como mis compañeras.

Ufana, nerviosa y feliz salí de casa aquella mañana de septiembre. El aula era una sala grande, por aquel entonces todos los espacios me parecían enormes, en una de las paredes había una pizarra negra y detrás de la mesa de la señorita una cruz y una foto llamaron mi atención. Nos explicaron que en la cruz estaba Jesús, que era nuestro padre y vivía en el cielo. El señor de la foto era Franco, padre de los niños españoles. También teníamos una madre en el cielo, se llamaba virgen María, velaba por nosotras y nos quería; además estaba la virgen del Pilar, madre de los aragoneses, que no sabía quiénes eran, pero, al parecer, yo era una de ellos. ¿Por qué en mi casa nunca se mencionó a estos miembros de la familia? ¿De dónde había salido aquella parentela? ¿Cómo se podía vivir en el cielo sin que hubiera casas? ¿Algunas nubes serían casas? ¿Por qué mi padre y mi madre del cielo no habían venido a verme nunca? Yo no quería que ese señor serio de la foto fuese mi padre, ¿podía renunciar a ser su hija? Cuando volví a casa, tenía mil dudas rondando por la cabeza. No me atreví a preguntar a mis padres de la tierra por aquella gente nueva. Solo conocía de vista a la virgen del Pilar y no me cuadraba que fuera mi madre porque era una estatua. ¿Puede tener hijos una estatua? ¿Cuántos?

La escuela significó una tremenda decepción. La señorita repartió unos cuadernos, nos dijo que eran de caligrafía, para escribir, pero era mentira. En la primera página había que copiar ¡palitos! Palitos verticales y palitos horizontales hasta llenar las líneas. Menudo aburrimiento. Hice la tarea en un momento y pasé página. Más palitos. Pasé página, más palitos. A mitad del cuaderno aparecían algunas curvas, y dibujando curvas me pilló la señorita. Mi compañera de pupitre casi no sabía coger el lápiz y había rellenado dos líneas y media con los dichosos palitos. Pensaba que cuanto antes acabase esa ridícula tarea, antes me darían otro cuaderno con mayor dificultad. Pero, en vez de eso, me gané una reprimenda. Yo no podía llevar mi ritmo, tenía que ir a la par que mis compañeras.

En vez de leer, empezamos aprendiendo las vocales, que para mí eran archiconocidas. Avancé páginas y más páginas de aquella cartilla y apareció la primera frase. Mi mamá me mima, yo amo a mi mamá. Menuda gilipollez, pensé. ¿Qué significa mima? ¿Y amo? Otra reprimenda, tenía que mirar la página de la letra «a», en la que aparecía trazo a trazo el proceso para realizarla. Pero si yo ya sabía escribir la a… Y la be, y la ce, y la zeta.

Acabó mi primer día en la escuela. Estaba frustrada. Menuda tomadura de pelo. Para colmo, mis compañeras no habían querido jugar a los indios, ni organizar batallas, ni mancharse la odiosa bata tirándose por el suelo.

El siguiente día y los posteriores del curso fueron un tostón. Las horas se me figuraban eternas. Miraba de reojo a mi compañera y la veía afanosa, con la nariz pegada al papel y el lápiz en la mano, esforzándose en hacer cada letra. La señorita le decía: Muy bien. Lo has hecho muy bien. A mí no me decía nada. Pasaba de mí, y yo de ella. Me llamaba la cucharilla, porque solo servía para revolver la clase, distraer a mis compañeras y entretenerme con cualquier cosa: plegar de diferentes formas el pañuelo que llevaba en el bolsillo de la bata, gastar la goma borrando la mesa, sacar mina a los lápices de mis compañeras… En algo había que pasar el rato mientras esperaba salir al recreo o a que las otras niñas acabasen la tarea. Como no podía parar quieta, me castigaban con los brazos cruzados, una tortura ideada por alguna mente diabólica, porque yo necesitaba moverme, hacer algo, lo que fuese, para matar el aburrimiento.

Fue durante ese tiempo de brazos cruzados cuando descubrí que podía entretenerme pensando. Pensaba en qué habría preparado mi madre para comer, a qué jugaría con mi grupo de amigos, cómo estaría el perro de los vecinos, que cojeaba porque le había atropellado un coche… De ahí a inventar historias, solo hubo un paso.

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